Hemos llegado a un punto en que es verdaderamente complicado distinguir lo que de verdad importa.
Para algunos puede ser tener éxito en la vida, para otros estar tranquilos, para otros tener a alguien que les quiera… Pero en la mayoría de los casos, sea cual sea nuestra prioridad, puede no atender a una necesidad o un deseo real. Puede atender quizá a algo aprendido, impuesto, autoimpuesto… o a simple resignación.
A veces es más sencillo resignarse a algo que consideramos plausible, antes que buscar en los lugares más recónditos de nuestra alma lo que de verdad nos haría felices, por simple temor a la batalla interna que supone un proceso de cambio; el romper con las cadenas de lo preestablecido y lo inculcado.
Desde luego, el tiempo en la vida en ese estado, es como un paseo por una jaula que nos aleja de la tentación de un sueño que nos llama y nos invita a ser mejores personas en única comparación con nosotros mismos. Es tratar el sueño como una fantasía y la vida como una cotidianeidad de la que no podemos huir.
La felicidad, lo que es real, la realidad para nuestro ser interno, lo que nos ha traído a la encarnación viviente que supone el cuerpo humano, se pudre en la esperanza de descubrirse y permitirse para sí misma su propia existencia. Negando así, la existencia del ser que la encarnó. Convirtiéndose en un sueño lejano, ficticio, que sobrevive en el inconsciente (el omnisciente, el que todo sabe sobre nosotros) y se manifiesta con el dolor de una vida que lo esquiva para integrarse en un entorno que lo aleja de su verdadera naturaleza espiritual.
¿Es eso lo que quieres?
Estás a tiempo de cambiarlo.
Satoko.¿Es eso lo que quieres?
Estás a tiempo de cambiarlo.